Viejo mueble de capa blanca
mohosa, atrincherado en un rincón.
Inequívocamente inmóvil:
Quieto de fuerzas, terco de ganas.
Nada agita tu decadencia.
Desciendes por el suelo de la fría alcoba
y permaneces impasible, arrugado.
En el exterior una hidra de voces muerden,
ves los hilos de otros muebles
movidos por engaños y argucias
y te elevas sobre ellos.
Ya no ríes, apenas sientes
mas bien te hace el ser ermitaño
y tu contento es la abulia.
Obscuro, inanimado,
vas cosiendo más capas rotas
sobre tus maderos astillados
y las voces de la estulticia
te rozan apenas aristas.
Queda, tenue y frío,
fija la sombra que te ampara
y cuando el techo ceda en tu cuarto
queda firme y jamás te abras.